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viernes, 7 de enero de 2011

Comité de Granjas Agroecológicas: mucho más que una alternativa


Marta y Marco


Marta Peñafiel y Marco Andino

La lucha por los cambios sociales que abran cauce a un Ecuador que incluya a serranos y costeños, campesinos andinos, indígenas amazónicos y la vasta variedad cultural del país sudamericano tiene larga data y ha conocido etapas de auge, mesetas y retrocesos.
Marta Peñafiel y Marco Andino, en la provincia cordillerana central de Chimborazo, unieron sus vidas a esas luchas y entre sí varias décadas atrás. Por lo que al repasarla también avanzan en las páginas de su propia biografía.
Desde los tiempos de Leónidas Proaño (1910-1988), el “Obispo de los Indios” y su influencia señera en la reivindicación del derecho a la tierra prometida donde vivir y producir, hasta el actual Comité de Granjas Agroecológicas que Marta y Marco integran y acompañan, en las provincias de Chimborazo, Tunguragua y Bolívar, se han venido rescatando del intencionado olvido prácticas de asociación y rotación de cultivos locales, arreglos sociales de cooperación y capacitación en prácticas ancestrales para producir sin esquilmar.
Ecuador cuenta con una Constitución que en muchos sentidos resulta modelo en materia de inclusión de derechos y reconocimiento de pluriculturalidad. Sin embargo, el texto constitucional dista mucho de ser un escudo eficaz para las comunidades ante amenazas como las concesiones mineras, la intermediación usuraria, la forestación maderera en páramos, la falta de respuestas ante la crisis climática, reflexionan Marta y Marco.
Los integrantes de la organización Ecovida y de la Red por el Derecho a la Alimentación FIAN Ecuador, marcaron la diferencia esencial entre la forma (de la Constitución y las leyes) y su sustancia que, a su juicio, sigue beneficiando al agronegocio concentrado en un puñado de empresas.
Tal es el caso de la ley de aguas o de soberanía alimentaria aprobadas sin el respaldo de las organizaciones indígenas campesinas: “el gobierno en sus comienzos tiene un fuerte respaldo de las organizaciones, pero ya después por lo que es su posicionamiento en la práctica recibe la crítica permanente de las organizaciones”, puntualiza Marco Andino.
Marta por su parte señala que son las comunidades campesinas, en sierras, páramos y valles las que verdaderamente “dan de comer al país” pero que sin embargo las acciones oficiales tienden a favorecer a empresas bananeras, de palma africana o de agricultura de exportación.
Mientras, problemas como el acceso a la tierra, las inversiones en obras de regadío o el rescate de variedades de semillas criollas que rompan la cadena de dependencia de los proveedores de insumos por ejemplo, no concitan la atención oficial, señalan los activistas.
Los procesos de acompañamiento e intervención en la provincia de Chimborazo, de las de mayor incidencia de población indígena en la región andina ecuatoriana, representan para Marta Peñafiel y Marco Andino una historia reciente de la que aprender para no repetir errores que significan duros retrocesos.
Desde agrupaciones políticas que “se apropiaban” de las comunidades para alinearlas a sus fines y no viceversa, hasta organizaciones no gubernamentales (ONGs) que mediante prácticas clientelísticas ahondaron lazos de dependencia, Marco y Marta tuvieron que re-educarse en la necesidad de escuchar las verdaderas necesidades de las comunidades, sin recetas previas, reconociendo la creatividad para solucionar los problemas de campesinos convertidos en “ingenieros”, “maestros” o “arquitectos”.
La idea misma de organización, señala Marta Peñafiel, la han re-aprendido de los propios compañeros que objetivamente sufren (vía el encarecimiento de la tierra, vía el cambio climático) el avance avasallante del capital sobre el campo y los bienes naturales.
Marco asimismo rememora el papel del Obispo Proaños en cuanto a cambiar el método de trabajo con las comunidades pero también en su experiencia de abrir los horizontes de la lucha hacia la solidaridad internacional.
Para Marco Andino, las prácticas concretas de las comunidades campesinas hoy significan un mensaje de esperanza frente a crisis estructurales que afectan al ambiente, el clima y del derecho a la alimentación.
Finalmente, Marta comenta cómo fue su propia evolución para entender las luchas por las causas campesinas como parte de la defensa de Derechos Humanos y su vinculación con FIAN, organización que hoy preside a nivel de Ecuador. “Descubrimos que todo aquello por lo que veníamos luchando desde hacía tantos era una cuestión de derechos”, señala.


Mercedes y Mariano



Mariano Pancar



Asociación y rotación de cultivos, independencia de los insumos químicos, conservación de la semilla, compartir conocimientos, fortalecer el núcleo familiar, no vender las tierras, “que nuestro dinero no vaya a los ricos”, apostar a la soberanía alimentaria.
Con este puñado de conceptos, mucha decisión y la convicción de que la letra constitucional ecuatoriana debe hacerse realidad palpable tarde o temprano en el medio rural, viven y resisten los integrantes de la comunidad Alto Columbe, a una hora y media de la ciudad de Riobamba, provincia de Chimborazo.
Entre ellos se encuentran Mercedes Guacho y su esposo, Mariano Pancar. Ellos viven a unos 3000 metros de altura sobre el nivel del mar, en zonas intensamente productivas, casi al nivel de páramo, mostraran con orgullo indisimulado la división de potreros para el ganado, los ensayos en agroforestería, el sistema de terrazas, la implantación de cultivos asociados tradicionales y revalorizados, algunos de ellos casi desaparecidos en la zona del Alto Columbe.
Mariano recuerda que así mismo trabajaron sus mayores, pero que a influjo del paquete tecnológico de la revolución verde la zona se fue volviendo menos rica en cultivos y más dependiente en caros insumos, que transformaban de hecho a los proveedores en “socios” de la ardua tarea de los campesinos.
En su casa está colocado el tendido eléctrico, es verdad, aunque sin conexión. Pero lo que verdaderamente apremia para esta comunidad es la posibilidad de hacer llegar agua de regadío que les permita extender sus meses de cultivo y cosecha.
Los cuatro tradicionales meses de lluvias se han visto reducidos a poco más de dos y en ellos las precipitaciones se han vuelto más violentas y copiosas, volviendo ineficaces las prácticas tradicionales para mitigar la erosión de los suelos en pendiente.
En la región andina ecuatoriana las fuentes de agua provienen de la zona de páramos, superando los 3.600 metros de altitud. Sin embargo, la forestación con especies exóticas como pino y eucalipto o el corrimiento de la frontera agrícola hacia esas regiones ha motivado el empobrecimiento de esas cuencas, por lo que la posibilidad de riego se hace cada véz más costosa, remota e inconstante, señalan Mariano y Mercedes.
“En las ciudades hay mucha influencia de los almacenes, de los supermercados y se están imponendo la alimentación ’chatarra’, ’casi listo’”, reflexiona asimismo Mariano. “Cultivando los campesinos se puede tener el mejor alimento para la humanidad, pero falta la toma de conciencia y existen malas influencias en el país” que no defienden la producción familiar campesina, señala este indígena campesino ecuatoriano.
La finca de Mariano y Mercedes forma parte del Comité de Granjas Agroecológicas que, como se dijo, ha venido trabajando desde hace varios años intentando rescatar los saberes ancestrales y actualizar las prácticas campesinas hacia la agroecología como opción productiva pero también como mensaje político, de resistencia frente a la descampesinización del medio rural, el avance de los monocultivos para agrocombustibles (palma africana, caña de azúcar) y también la desertificación humana de las regiones de su provincia ante la penetración de megaproyectos mineros o forestales.
Mercedes Guacho, por su parte, destaca la importancia de que el ejemplo del cambio de sistema productivo en su comunidad pueda ser compartido para sumar más familias a este movimiento creciente.
Comenta que muchas son las familias que al ver los cambios producidos en su finca, como la incorporación de plantas medicinales con que asisten a sus “guaguas” (hijos pequeños) se muestran interesadas en dejar de ser solamente asalariados de los intermediarios y mejorar la calidad de vida propia y de sus comunidades.

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