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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Territorialidad estratégica y planes destructivos para Latinoamérica


La Tierra se va transformando con la historia que le imprime marcas, le coloca fronteras y diques, la contiene o, en ocasiones, la potencia y la libera. La Tierra contiene una y mil historias en los cauces de sus ríos, en sus manchas selváticas, en sus desiertos, montañas y glaciares.

La exuberante selva del Amazonas, que hoy se retrae para dar paso al “progreso” capitalista, fue producto de miles de años de asentamientos que fueron creando la ''terra preta'', tierra mejorada y fértil que permitió ir extendiendo la mancha verde de millones de especies.

Un número cada vez más grande de investigadores ha llegado a la conclusión de que la cuenca del Amazonas, lejos de ser la tierra virgen intemporal y con un millón de años de antigüedad que muestran las postales, es el resultado de una interacción histórica entre el medioambiente y el ser humano.

Durante mucho tiempo pobladores inteligentes, que conocían ''trucos'' que nosotros aún estamos por aprender, utilizaron grandes parcelas de la Amazonia sin destruirla. Ante un problema ecológico, los indios lo resolvían. En vez de adaptarse a la naturaleza, la creaban. Estaban en pleno proceso de formación de la tierra cuando apareció Cristóbal Colón y lo echó todo a perder.

La vida se escribe sobre la tierra, geografiando, como nos recuerda Carlos Walter Porto Gonçalves. Y si bien algunas sociedades lograron crear el maíz, el pejibaye, la terra preta y un sinfín de híbridos, variantes y tecnologías que enriquecían el fortalecimiento y diversificación de especies, otras, como la occidental / capitalista, se han ocupado de simplificar la naturaleza buscando su ordenamiento o su legibilidad. Dentro de éstas últimas, la naturaleza se pone al servicio del progreso y para ello tiene que ser inteligible y legible. Es necesaria la transformación de la naturaleza mediante criterios de orden y eficiencia, trocando o simplificando sus códigos de comportamiento para adecuarlos a las herramientas de lectura y apropiación desarrolladas por la clase dominante. El discurso utilitarista reemplaza el término “naturaleza” con el término “recursos naturales”, focalizándose en aquellos aspectos de la naturaleza que pueden ser apropiados para el uso humano; las plantas valiosas devienen en “cosechas”, mientras que las especies que compiten con ellas son estigmatizadas como “maleza” y los insectos que las ingieren como “plaga”. La agricultura es, después de todo, una reorganización radical y una simplificación de la flora para adaptarla a objetivos humanos.

La manera como las diferentes sociedades conciben, entienden y escriben la tierra se relaciona con los modos de organización social en sí mismos, con las relaciones de socialidad y de poder que les son propias. Sociedades plurisujéticas, que reconocen la multiplicidad de agentes sociales, tienen un modo de relacionarse con la naturaleza y crear el territorio muy distinto al de sociedades como la capitalista, que tiende a la objetivación para establecer su dominio. La objetivación de la naturaleza y el territorio conduce a su racionalización o, en otras palabras, a su apropiación racional.

Una vez que el territorio, la naturaleza y la sociedad adoptan carácter de objetos pueden ser organizados funcionalmente.

1. Planes de ordenamiento del territorio ''americano''

Tanto las capacidades tecnológicas como los alcances políticos determinan las condiciones y el ambiente en el cual se definen las dimensiones y posibilidades de uso y ordenamiento de los territorios. El neoliberalismo, como proyecto de solución de una crisis que tocaba todos los ámbitos de las relaciones capitalistas, llegó acompañado de su propia manera de apropiarse los territorios y refuncionalizar el espacio.

1.1 Los planes económicos

La batalla de Estados Unidos por mantener una hegemonía amenazada por las versiones orientales del capitalismo lo llevó a revitalizar la vieja (1823) pero totalmente vigente Doctrina Monroe (América para los americanos) y a voltear hacia el continente como auténtica plataforma de guerra, así sea guerra comercial, frente a la competencia del exterior.

Tímidamente, este nuevo diseño continental inicia por los territorios más cercanos: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) marca las pautas de una expansión que se irá ampliando geográficamente y profundizando dimensionalmente. Del comercio se pasará a la infraestructura, a las políticas económicas, a la normatividad, a las comunicaciones y  a la ''seguridad''. De América del Norte se salta hacia Sudamérica, el Caribe y América Central, siempre con especial cuidado de incluir las zonas que pueden ser catalogadas como estratégicas no sólo dentro de uno de los tratados, planes o proyectos sino en varios a la vez.

Así ocurre con la región tropical de América, que abarca desde el sur de México hasta la Amazonia y que está comprendida en el TLCAN, en el Plan Puebla Panamá, en el Plan Colombia, en el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica y República Dominicana (CAFTA-RD), en la IIRSA y, como toda América, en el temporalmente abortado proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Estos megaproyectos se han ido desplegando poco a poco sobre el territorio latinoamericano. El TLCAN funcionó como mecanismo de recuperación de la competitividad estadounidense para enfrentar el bloque que se había formado en la cuenca asiática, pero simultáneamente fue una experiencia comercial, de inversiones, jurídica y demostrativa, que constituyó la base sobre la cual se diseñaron el resto de los tratados impulsados en el continente, entre los que habría que destacar, por su envergadura, el ALCA.

Una vez echados a andar los planes estratégicos directamente económicos (TLCAN, CAFTARD, TLC Chile-USA), precedidos por profundas transformaciones de los marcos constitucionales nacionales que desprotegieron los acervos patrimoniales y la soberanía de las naciones sobre los bienes que por naturaleza, geografía e historia les pertenecían, se avanzó hacia la cobertura de áreas fundamentales que no habían podido ser incluidas en esos primeros tratados.

1.2. Los planes de control militar

Un segundo momento en estos planes estratégicos combina intereses económicos relacionados con el acceso a zonas privilegiadas por sus dotaciones materiales, con una acción de control directo sobre poblaciones y puntos geográficos determinantes. Así es como el control de algunas rutas porosas de negocios no regulados y altamente rentables, junto con el interés de penetrar la cuenca amazónica y supervisar la conexión entre el norte y el sur del continente, en esa pequeña cintura donde América se quiebra, por un lado y por otro la impronta de combatir ''insurgencias'' de larga historia, lleva al establecimiento del Plan Colombia, que hoy abarca desde la frontera entre Colombia y Panamá hasta el sur de Perú, aunque con la reciente autoexclusión de Ecuador.

1.3. Los megaproyectos de infraestructura

El tercer momento, aunque temporalmente sobrepuesto, como los otros, es el que busca trazar nuevas rutas, adecuadas a la geografía económica del siglo XXI: las nuevas ''venas abiertas'' hacia el imperio que responden a nuevas necesidades y a una diferente selección de las materias primas y los llamados recursos estratégicos. Caminos que conecten los grandes centros de producción y consumo del mundo, que abaraten y aceleren los traslados y que al mismo tiempo refuercen la vigilancia y el control sobre los mismos es el objetivo.

Hacer fluir el corazón de las selvas o las profundidades de las minas hacia los centros industriales y, a la inversa, llevar el espíritu industrial y competitivo hasta el centro de las selvas y minas. Agilizar los desplazamientos diversificando sus medios: ferrocarriles, autopistas, ríos, canales y cables de fibra óptica. Transformar el territorio, adecuarlo a las nuevas mercancías, a las nuevas tecnologías y los nuevos negocios. Cuadricularlo, ordenarlo, hacerlo funcional y ''productivo''. Ese es el modo capitalista de entender la naturaleza y relacionarse con ella.

Objetivos prácticos habían animado al utilitarismo matemático, que parecía promover la perfección geométrica como el signo distintivo de un bosque bien administrado, al tiempo que el ordenamiento racional de los arboles ofrecía nuevas posibilidades para el control de la naturaleza.


Hacer de las nuevas rutas lugares de trabajo instalando plantas ensambladoras a lo largo de los caminos o utilizando barcos-fábrica; hacerlas adecuadas al movimiento de petróleo, gas y minerales tanto como al de información; multiplicar los usos de la naturaleza haciendo del agua medio de traslado y mercancía; establecer nuevos ordenamientos lógicos y, en la práctica, nuevas fronteras. Eso contiene esta otra modalidad de planes estratégicos infraestructurales. Dentro de esta línea, dos planes que se anuncian como iniciativas locales independientes y de cuño autóctono, pero que en realidad vienen desde afuera, tienen la curiosa virtud de abarcar desde la zona más austral hasta México, vinculando y reorganizando todo el espacio latinoamericano. Curiosamente también, aunque tenían diversos antecedentes sueltos, fueron presentados ambos como planes articulados en el año 2000: el Plan Puebla Panamá (PPP) y el proyecto de Integración de la Infraestructura Regional de Sudamérica (IIRSA).

1.3.1. El Plan Puebla Panamá (PPP)

El PPP, lanzado como tal por Vicente Fox en su campaña electoral en México, agrupó varios proyectos anteriores dándoles un sentido nuevo:

A. El megaproyecto del Istmo de Tehuantepec, que intentaba suplir o, más bien, complementar al de Panamá. Este corredor o canal del Istmo de Tehuantepec, que fue objeto de un proyecto anterior al de Panamá, abortado por la Revolución mexicana, se planea a inicios de los años noventa como un canal multimodal (carretera, ferrocarril e hidrovías) de nivel internacional, a la vez que un cinturón maquilador capaz de terminar de ensamblar las partes provenientes de distintos lugares del planeta y convertirlas en las mercancías finales que abastecerán en su mayoría el mercado estadounidense pero con salidas hacia los otros dos importantes mercados del planeta: la cuenca asiática y Europa. Simultáneamente este corredor se vislumbra como una frontera o dique para detener a los migrantes centroamericanos e impedir que sigan camino hacia Estados Unidos, estableciendo casi un paso fronterizo nuevo;

B. El corredor biológico mesoamericano (CBM), proyecto del Banco Mundial para reconstruir los pasos de especies entre el norte y sur del continente, dictando las normas de su tratamiento futuro. Es decir, ordenándolos de acuerdo con los criterios de legibilidad, eficiencia y productividad mencionados arriba. Los dos puntos neurálgicos de este corredor se encuentran en la Selva Lacandona (México) y en la Selva del Darién (Panamá). Ambos constituyen encrucijadas bióticas donde confluyen especies de biomas diferentes y se generan nuevas especies o nuevas variantes de las ya conocidas. Puntos fundamentales para garantizar la reproducción y multiplicación de las dos manchas selváticas que se encuentran al norte y sur de Centroamérica (Sureste de México y Cuenca amazónica) y que, en conjunto, conforman el mayor y más diverso yacimiento genético del planeta.

C. Simultáneamente, el PPP agregó nuevas iniciativas como la de integración energética desde Panamá hacia Estados Unidos. El aumento constante del consumo energético de Estados Unidos fue y es uno de los elementos centrales de la redefinición de sus políticas hacia el resto del mundo, orientando tanto los tratados comerciales y las medidas de ajuste y desregulación promovidas a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), como las iniciativas de guerra. El Reporte del Grupo de Desarrollo de la Política Nacional de Energía afirmaba, en 2001, que:

''Las estimaciones indican que en los próximos 20 años el consumo de petróleo de USA se incrementará un 33%, el consumo de gas natural por pozo más del 50% y la demanda de electricidad ascenderá un 45%. Si la producción americana de energía crece al mismo ritmo en que lo hizo en durante los 90s, enfrentaremos una brecha cada vez mayor''. (NEPD, 2001: x).

Y esta deficiencia crítica, que colocaba a Estados Unidos en una posición de altísima vulnerabilidad, llevó a repensar la funcionalidad de los recursos del Continente y a trazar planes de gran envergadura que dieran materialidad a las ''venas abiertas'' de las que hablaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano, bajo la forma de oleoductos, gasoductos y redes de generación (hidroeléctricas sobre todo) y transmisión de energía eléctrica.

4. Finalmente, el PPP se propuso la conformación de un mercado de trabajo único para las maquiladoras, aprovechando toda la fuerza de trabajo ''barata'' que pudiera provenir de los 64 millones de habitantes de la zona, marcadamente empobrecid@s y con un alto porcentaje de población indígena.

Todos estos proyectos requieren, indudablemente, de un avituallamiento comunicacional. Completar, modernizar e integrar las rutas y puertos para garantizar los traslados ágiles y baratos, con telecomunicaciones que permitan su control y seguridad, fue quizá la propuesta más visible del PPP. Quizá también, junto con las hidroeléctricas, la más combatida.

Este Plan ha tenido un rechazo amplio que permitió la conformación de organizaciones campesinas y de la sociedad civil a nivel mesoamericano. Pero si bien esto ha obstaculizado su avance en términos generales, hoy el PPP se amplía incorporando a Colombia, con toda su carga militarista y algunos de sus proyectos han ido prosperando unilateralmente o se han trasladado, por lo menos parcialmente, hacia otros planes. Tal es el caso de la iniciativa de integración energética recientemente incluida en la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN).

1.4. Los planes de ''seguridad''

Con la ASPAN da inicio un nuevo tipo de planes estratégicos o megaproyectos, que subsumen los criterios económicos en los de ''seguridad'', justificando así acciones que de otro modo no podrían ser admitidas por ser violatorias de las soberanías nacionales. Si bien estas soberanías se encontraban ya seriamente cuestionadas por la creación de una normativa supranacional, de nivel superior a las legislaciones internas de las naciones implicadas en los tratados de libre comercio, los planes de seguridad tienden a crear complicidades y supranacionalidades en todas las actividades de prevención, combate, y control del narcotráfico y el terrorismo, manteniendo peligrosamente la ambigüedad con la que estos han sido reconocidos como amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Se trata de planes pensados desde una perspectiva militar que inician por un reconocimiento de los territorios y de ahí diseñan estrategias de control global. Las fronteras se redefinen de acuerdo con los objetivos de seguridad y las normatividades correspondientes responden ya no a los criterios de bienestar de la población, de cuidado del patrimonio de la nación como en otros tiempos, sino a los de control y disciplinamiento. Es el nuevo Leviatán que se levanta sobre los vestigios de la democracia, a veces escasamente conquistada, y sobre la autodeterminación de los pueblos.

Integraciones como la de ASPAN, que extiende el homeland (territorio interno) estadounidense por el norte hasta tocar los glaciares, pasando por los yacimientos de petróleo, de metales estratégicos, y por los bosques canadienses, y por el sur hasta la frontera con América Central, abarcando nuevamente la zona de yacimientos petroleros, las minas, la única selva tropical húmeda del norte de América, y el territorio que más trabajadores migrantes o maquiladores aporta para el desarrollo de la economía del gran coloso, se complementan con planes que se implantan para el combate al narcotráfico, pero que tienen muchas otras derivaciones y fuertes implicaciones de soberanía y jurisdicción.

El Plan México, gemelo del Plan Colombia, se perfila como el soporte financiero a las actividades de readecuación de policías, militares y paramilitares mexicanos por parte de los instructores de operación e inteligencia norteamericanos, de equipamiento de estos cuerpos, pero también de actuación directa de los cuerpos de seguridad estadounidenses en territorio mexicano. Aun antes de aprobarse la dotación de recursos, las evidencias de la puesta en acción del Plan se van multiplicando día a día.



2. Las nuevas fronteras sudamericanas

La iniciativa de Integración de la Infraestructura Regional de Sudamérica (IIRSA), que parece estar diseñando nuevas fronteras internas para el Sur del Continente, se anunció públicamente en agosto-setiembre de 2000 en una reunión auspiciada por Fernando Henrique Cardoso en Brasilia, con la presencia de los representantes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El BID fue creado en 1959 para ''apoyar'' el ''desarrollo económico y social'' de América Latina y el Caribe, justo cuando la revolución cubana empezaba a abrir nuevos cauces. En 1961 se lanza la Alianza para el Progreso (ALPRO), iniciativa contrainsurgente que intentaba impedir otra experiencia como la de Cuba, junto con la siniestra USAID como su brazo operativo, con un objetivo similar al del BID pero con dos líneas de financiamiento: la del desarrollo económico y social y la militar. Hoy ya no se habla de la ALPRO sino del ALCA, el PPP y la IIRSA, pero la USAID y el BID siguen funcionando y, en términos generales, el marco sigue siendo el mismo, aunque los objetivos específicos y las modalidades operativas son otros.

Megaproyecto de enormes implicaciones, el IIRSA pretende “(…) construir un nuevo paradigma para el desarrollo de la infraestructura regional, sustentado sobre los requerimientos de la demanda (…)” (Fonplata, 2007. Cursivas nuestras), logrando posicionarse ágilmente en los mercados europeos y los del Asia Pacífico y en los dos flancos territoriales de la economía estadounidense.

Para lograr todo ello y ante la esquizofrenia de tratar a la naturaleza a la vez como objeto del deseo y obstáculo, el territorio sudamericano ha sido subdividido de acuerdo a sus virtudes económicas y estratégicas. Destacan dos regiones por su actividad industrial y concentración poblacional, es decir, por la fuerza de trabajo real y potencial que ofrecen y el resto por las dádivas de la naturaleza, puesto que se trata de poner en ruta la explotación de yacimientos hidrocarburíferos, minerales, genéticos, acuáticos y también agropecuarios. Justamente porque la IIRSA está pensada a partir de la demanda tiene un diseño centrífugo, extractivo, de expulsión de riquezas hacia los centros de demanda. De la misma manera que el Plan Puebla Panamá se construye desde Panamá hacia Estados Unidos, la IIRSA se piensa desde el centro hacia las costas o hacia los ríos que fluyen rumbo al mar. No obstante, como bien nos recuerda el sociólogo uruguayo Raúl Zibechi, es un proceso de doble orientación, en el que no hay que dejar de considerar las lógicas regionales, a pesar de que la dinámica global está marcada por los intereses y perspectivas del gran capital mundial y de su centro hegemónico. Así, en el caso de IIRSA “(se trata) de una integración doblemente subordinada: a Brasil, por parte de los países sudamericanos, y del conjunto de la región al mercado y el empresariado mundiales''. (Zibechi, 2006)

En este proyecto los puertos se convierten en piezas clave de organización regional. Puertos en las costas, pero también sobre los ríos de gran caudal. En total se han diseñado ocho ejes transversales y dos longitudinales, con un enfoque profundamente estratégico que determina que algunas regiones particularmente importantes por su dotación de recursos se encuentren bajo el manto de dos o tres ejes simultáneamente.

Una visión económica formal, que a la vez considera los intereses regionales, indica como ejes principales los de la zona del Cono Sur que concentran la mayor parte del Producto Interno Bruto (PIB) sudamericano; sin embargo, a partir de una visión estratégica los ejes principales son el Amazonas y el Capricornio, por sus riquezas naturales, y sus conexiones a través del río Madera hasta Beni y de la Hidrovía Paraguay-Paraná.


3. ¿Modernización capitalista o bifurcación?

La idea de construir una infraestructura integrada, en un territorio de las dimensiones y variedad del sudamericano, no deja de sorprender por su audacia y por la irresponsabilidad con que los operadores técnicos del megaproyecto se desentienden de los enormes daños (impactos) ecológicos que implica. Mucho menos se observan las transformaciones sociales y geopolíticas que acompañarán la construcción de estos ejes, si ocurre.

La visión corta de empresarios y gobernantes locales, que ven en IIRSA una oportunidad de éxito económico y político relativamente fácil, no parece estar vislumbrando los cambios estructurales que conlleva el trazado de una nueva geografía para América del Sur.

Los intereses de las empresas transnacionales involucradas en convertir ese vasto territorio en mercancías y ganancias; los intereses militares que buscan abrir los pasos para vigilarlo y controlarlo desde dentro y desde fuera; los intereses locales de quienes sacrifican todo por un pequeño “nicho” que les reporte una pequeña, comparada con la de los inversionistas extranjeros, ganancia; confluyen todos en la idea de “progreso”, que supone la concepción de la naturaleza como objeto externo apropiable. “Esa lógica de la naturaleza como ‘barrera’ o como ‘recurso’”, que Zibechi (2006) encuentra “en todos los aspectos del plan”, efectivamente caracteriza las proyecciones presentes y futuras de la readecuación sudamericana a esta nueva fase, depredadora hasta el suicidio, de la modernidad capitalista. La “sobremodernidad”, de la que habla en otro contexto el antropólogo francés Marc Augé, en la que se pierden incluso los mismos sentidos históricos de la reproducción capitalista.

Territorios enteros serán inundados por las represas (MAB, 2007; FOBOMADE, 2007); aumentarán las enfermedades mentales y el cáncer producidos por la alta tensión de las hidroeléctricas (denuncias de la Patagonia); la producción de biocombustibles llevará al crecimiento de plantaciones de caña o de soja transgénica, con el reforzamiento de regímenes de esclavitud (Mendonça, 2007), y con la contaminación y enfermedades de trabajadores (Misión Internacional de Observación a Paraguay, 2006); el saqueo de las minas destruirá las montañas, dañará los glaciares, desertificará bosques y envenenará ríos y lagos (Esquel, Pascua Lama, Catamarca); sistemas ecológicos enteros serán dañados (Foro Ecologista de Paraná-Coalición Ríos Vivos, 2002); y los territorios, con sus ríos y lagos, serán privatizados.

Pero nada de esto ocurre sin resistencia. Estamos ante una batalla de ideas, de territorios, de modos de vida y de concepciones del mundo. Nada está asegurado para IIRSA. Nada está asegurado tampoco para el futuro de los pueblos. Esta es una historia que está esperando ser escrita. Deberemos tener bien presentes todos estos planes y concientizarnos de lo perjudiciales que son y serán para los territorios y sociedades latinoamericanas y llevar a cabo una lucha contrahegemónica que devenga en planes contrarios y alternativos a los mencionados anteriormente

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