jueves, 21 de octubre de 2010
A no confundir: Ya están modificando el clima artificialmente
miércoles, 7 de julio de 2010
''No podemos sentirnos culpables''

El cambio climático ha transformado radicalmente la forma de producción de los campesinos y campesinas ecuatorianos. Sin embargo, “no podemos sentirnos culpables” porque son las grandes economías industriales las principales responsables del daño climático global, dice Loyda Olivo, responsable de mujer y familia en Fenocin. “Nos quieren hacer culpables a los campesinos y campesinas de este cambio, pero eso no tiene razón de ser”, insiste Loyda. “Nos obligan a usar químicos y prácticas impuestas por las mismas empresas poseedoras de grandes extensiones de tierra y grandes cultivos”, insiste.
Loyda habló de este tema en el marco de la Consulta de Naciones Unidas a través de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) sobre las directrices para el uso y tenencia de la tierra realizada en Brasilia.
“Desde siempre los campesinos y las campesinas hemos tenido claro que nuestra labor es cuidar la tierra porque nuestros ancestros han tenido esa visión clara y precisa… y así nos lo transmitieron”. Cuenta de sus abuelos, de la insistencia en diversificar y escalonar la producción en la finca predial, con el objetivo de minimizar lo que era necesario adquirir de fuera, eludiendo el manejo del dinero.
Quito: Congreso
FENOCIN es integrante de La Vía Campesina y de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), que precisamente realizará su quinto congreso en la capital ecuatoriana en octubre próximo. “Este V Congreso es el resultado de un proceso de lucha, evaluación y formación continental de un año de preparación que iniciamos en abril de 2009 en La Habana, Cuba, y que fue fortaleciéndose aun más en la reunión a nivel continental e internacional con La Vía Campesina mantenida en el mes de octubre de 2009 en Quito”, dice Loyda.
La activista ecuatoriana también remarca el aporte fundamental de las mujeres campesinas y negras en el cambio de paradigma hacia el “buen vivir”. “Primero la mesa y después lo demás”, dice Loyda para insistir en que las directrices que emerjan sobre la tenencia y uso de la tierra deberán tener carácter vinculante para los Estados.
miércoles, 28 de abril de 2010
CO2 y cambio climático

En 1997, los gobiernos de los ''países industrializados'' se comprometieron a reducir las emisiones de gases invernadero en el Protocolo de Kioto de la Convención sobre Cambio Climático. Pero, simultáneamente, inventaron el denominado Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) a fin de evitar cumplir esos compromisos. La idea del "mercado de emisiones de carbono" es sencilla: vos emitís CO2, nosotros lo almacenamos y te cobramos por el servicio. ¿Cómo lo almacenamos? Muy sencillo: mediante la plantación de árboles. Pero acá comienza a complicarse el panorama.
Clima y dióxido de carbono
Durante los últimos 150 años, y especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, la actividad industrial ha provocado que grandes cantidades de aquel carbono que, hasta entonces, se encontraba seguramente almacenado fuera liberado a la atmósfera. Antes de los comienzos de la Revolución Industrial había alrededor de 580.000 millones de toneladas de carbono en la atmósfera. Hoy en día esa cifra ha trepado a más de 750.000 millones. Un 90% de este incremento en las emisiones de CO2 y otros gases causantes del calentamiento global ha provenido de los países del Norte.
La habitabilidad del planeta depende de que los niveles de dióxido de carbono no disminuyan ni aumenten en demasía. Sin la presencia de CO2 y otros gases, que permiten que el calor quede atrapado cerca de la superficie de la Tierra, su temperatura media bajaría a -6ºC. Si aumenta la medida de CO2, el agua de los océanos entrará en ebullición. A los actuales niveles, la superficie terrestre permanece a una temperatura media adecuada de 15ºC.
La madre tierra está entrando en calor...
Desde fines del siglo XIX a la fecha, la temperatura global ha aumentado en 0,6º C. La década de 1990 fue la más cálida que se haya registrado. Tormentas, sequías e inundaciones tan extremas como inusuales están causando estragos en China, África Oriental, Medio Oriente, Europa, Norteamérica, Nueva Zelandia, América Latina, y el subcontinente indio. En los últimos veinte años se ha perdido en el Ártico una superficie de hielo equivalente a la del estado de Texas, en tanto que la capa de hielo que cubre el Oceáno Ártico ha disminuido su espesor de 3,1 a 1,8 metros desde fines de la década de 1950. A su vez, el escudo de hielo Larsen, en la Antártida, se ha separado del continente.
En pocas palabras, el aumento de los niveles de carbono atmosférico no puede continuar. Un incremento de tan sólo 200.000 millones de toneladas determinaría un aumento de 2 a 3 °C en la temperatura global, lo que significaría una ola de calor sin precedentes en la historia de la humanidad. Hay todavía más de 4.000 millones de toneladas de carbono bajo forma de combustibles fósiles a la espera de ser extraídos y quemados, de los cuales las 3/4 partes se encuentran bajo la forma de carbón. Todo parece indicar que la mayor parte de este material debe ser dejado bajo tierra.
¿Dos soluciones posibles?
Lo que ha venido ocurriendo durante los últimos años deja poco margen para negar que el calentamiento global ha aumentado. Frente a la crisis hay sólo dos salidas posibles:
Una de ellas propone reducir drástica y aceleradamente el uso de combustibles fósiles. Ello significa centrarse primordialmente en la reducción de las emisiones de quienes ya han utilizado más que la parte que con criterio de justicia les corresponde de los sumideros y depósitos de carbono, así como en la promoción de la conservación y la eficiencia energéticas, el uso generalizado de la energía solar, energía geotérmica y otras fuentes de energía renovable y en la agricultura ecológica en lugar de la industrial. Este enfoque apuntaría a la igualación de las emisiones per cápita a nivel mundial, junto a la reducción de las emisiones totales, sin forzar a ninguna de las dos partes a soportar penurias innecesarias. Señalaría, por otra parte, que la "deuda de carbono" que el Norte mantiene con el Sur por el sobreuso histórico que ha realizado de la atmósfera permanece todavía impaga.
La otra solución propuesta, en cambio, implica la adopción de programas especulativos que apuntan a modificar la biosfera y la corteza terrestre para permitir que absorban más CO2, junto con la promesa de hacer "más seguro" el elevado nivel de consumo de combustibles fósiles por parte de las naciones y grupos más ricos.
Este segundo enfoque supone que, dado que los países industrializados han sobreutilizado la atmósfera a lo largo de la historia, tienen el derecho a seguir haciéndolo. Esta visión no sólo ignora la historia del uso desigual de los depósitos y sumideros de carbono, sino que colabora a agravar las desigualdades existentes a nivel mundial en cuanto al acceso a los recursos. La "deuda de carbono" histórica del Norte para con el Sur es sencillamente ignorada. Tal solución implica que cualquier nivel de emisiones de dióxido de carbono (sin importar cuán desmesurado sea) es aceptable en tanto sea "compensado" por alguna actividad que absorba CO2. El ejemplo más claro de una actividad de este tipo son las plantaciones de árboles dado que, a través de la fotosíntesis, éstos convierten el CO2 en carbono que acumulan en su madera. De este modo, una empresa industrial que emite millones de toneladas de dióxido de carbono al año se propone devenir tan "neutra" en lo que respecta emisiones de carbono como un pequeño campesino que emite una tonelada anual, siempre que dicha empresa plante miles de árboles.
El primer planteo se fundamenta en sólidos conocimientos científicos y de poblaciones de locales que conocen perfectamente el manejo de la Tierra, como es el caso, fundamentalmente, de indígenas. Miles de años de experiencia han demostrado la efectividad de mantener los hidrocarburos bajo tierra como forma de lograr que los niveles de CO2 atmosférico permanezcan estables. Hay consenso dentro de la comunidad científica: basta con que la concentración de CO2 aumente al doble de la existente antes de la época industrial (280 partes por millón) para que se provoquen peligrosas modificaciones en el clima mundial. Asegurarse de que el volumen de CO2 no se duplicará implica disminuir las emisiones por lo menos un 60% respecto a las registradas en 1990. Lo que se requiere no es una nueva y sofisticada tecnología, sino un fuerte movimiento político, social, científico, etc., que impulse las iniciativas ya existentes.
Por el contrario, el segundo planteo se basa en fundamentos científicos de nulo consenso. Nadie está seguro siquiera de cuáles son los actuales sumideros de carbono en la Tierra, ni sobre cómo funcionan. Por ejemplo, actualmente no hay consenso entre los científicos acerca de cuánto carbono está siendo tomado y emitido por los bosques templados, e incluso sobre cómo llegar a saberlo. Pretender crear sumideros nuevos, grandes, seguros y merecedores de cierto grado de confianza, resultaría una tarea mucho más ardua que tratar de resolver esos rompecabezas. Más difícil aún resultaría cuantificar la efectividad de cada uno de estos sumideros de carbono como compensador de determinada cantidad de emisiones industriales.
El paquete de plantaciones-sumidero
En comparación, la técnica más conocida, consistente en la utilización de plantaciones forestales convencionales para "fijar" emisiones de carbono, puede parecer sencilla y poco problemática. Sin embargo, de momento nadie tiene idea de cómo establecer una "equivalencia" significativa y confiable entre el carbono secuestrado en forma permanente en depósitos de combustible fósil, el CO2 transitorio en la atmósfera, y el carbono secuestrado temporalmente como resultado de cualquier tipo de plantación de árboles o de programas nacionales de forestación.
De momento al menos, es imposible predecir con la necesaria certidumbre cuánto carbono podría remover de la atmósfera un proyecto de plantaciones, ni por cuánto tiempo. A diferencia del caso del petróleo o del carbón que están bajo tierra, o de los carbonatos del fondo del mar, en el caso de las plantaciones el carbono almacenado (ya en los árboles vivos o muertos, ya en los horizontes superficiales del suelo) es "frágil". Vale decir, que puede rápidamente reingresar a la atmósfera en cualquier momento.
Si se le quiere dar verosimilitud a la hipótesis de que una plantación forestal "equivalga a" o "compense" una cierta cantidad de CO2 emitido, los defensores de esta iniciativa deberán cuantificar un factor que exprese en qué medida las plantaciones destruyeron los depósitos de carbono previamente existentes, liberando de ese modo CO2 al aire. De acuerdo con análisis satelitales, durante la década de 1980, el 75% de las nuevas plantaciones en países del trópico se realizaron en zonas donde, diez años antes, había selva. Como consecuencia hubo liberación de dióxido de carbono estimada en 725 millones de toneladas. Reemplazar praderas por plantaciones forestales (lo que es una práctica común) puede resultar igualmente contraproducente. Recientes estudios han demostrado, por ejemplo, que el ecosistema de los Páramos Andinos es más eficiente que las plantaciones en la absorción de CO2. En ese sentido, un estudio reciente publicado en Nature por David Ellsworth, fisiólogo vegetal del Laboratorio Nacional Brookhaven del Ministerio de Energía de EE.UU, afirma que "la consecuencia clave de esta investigación es que, en respuesta a los niveles elevados de CO2 y nitrógeno, los ecosistemas con biodiversidad alta tomarán y secuestrarán más carbono y nitrógeno que los ecosistemas con biodiversidad reducida".
En definitiva, la idea de que una determinada porción de tierra forestada puede "compensar" una cierta cantidad de emisiones industriales de dióxido de carbono depende de presupuestos falsos en relación con su evaluación. Las plantaciones "compensatorias" en gran escala, en lugar de mitigar el calentamiento global, podrían incluso catalizarlo. Si se sigue demorando la transición hacia una distribución más equitativa de las emisiones y a regímenes energéticos más sensatos, tales plantaciones podrían determinar un aumento en las emisiones de carbono tanto por parte de la industria como a partir del uso del suelo, lo cual podría ser evitado.
Al fin de cuentas: ¿de quién es la atmósfera?
Los defensores de la creación de un mercado de "deducción" del carbono (un Mercado de Carbono global) parten de la base de que la batalla ya ha sido ganada. Pero ese no es aún el caso. No es posible, como al influjo de una varita mágica, convertir la atmósfera (o el derecho a utilizarla para tirar dióxido de carbono) en una propiedad privada. No es posible, agitando nuevamente la varita, conceder a los ricos el poder para seguir contaminando la atmósfera a condición de que se apoderen de vastas superficies de la Tierra, ocupándolas con plantaciones forestales y provocando su degradación.
Los promotores de la idea (empresas petroleras, forestadoras, fabricantes de automóviles, banca multilateral, funcionarios de países del Norte, algunas ONGs) tendrán muchos obstáculos que sortear en el camino. Entre ellos el sentido común, la ciencia y por lejos el más grande de todos, los pueblos cuyas vidas y medios de supervivencia están amenazados por estas prácticas.
Contracción y convergencia
Al igual que el fenómeno del cercado de las tierras a inicios de la Europa moderna, la iniciativa de las plantaciones "compensatorias" de carbono es, esencialmente, un paso para extender y consolidar la desigualdad. El movimiento crítico frente al crecimiento del Mercado de Carbono global plantea una solución alternativa, respaldada científicamente y basada en el principio de que todos tenemos iguales derechos en cuanto al uso de la atmósfera. Se trata del principio de "contracción y convergencia", según el cual los países deberán negociar (y, de ser necesario, renegociar permanentemente) un máximo admisible de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, acorde con las variaciones de las estimaciones científicas respecto del nivel de riesgo. A partir de ahí, acordarían progresivas disminuciones de las emisiones para alcanzar esa meta, a la vez que los niveles de emisión de los ricos y los pobres se irían gradualmente igualando.
En lugar de consagrar y expandir las desigualdades en el uso de los recursos, ocultando las patologías del actual patrón de explotación de combustibles fósiles (tal como propone la "compensación" por medio de las plantaciones a gran escala) el principio de contracción y convergencia implicaría abordar directamente las causas de fondo de la crisis del clima. En último término, esto equivale a afirmar que un clima vivible puede alcanzarse, no mediante más monocultivos forestales o más automóviles, sino solamente a través de un compromiso con la igualdad.
lunes, 12 de abril de 2010
El Banco Mundial y sus préstamos en contra de la humanidad

Las organizaciones ambientalistas Earthlife África Johannesburgo y GroundWork Amigos de la Tierra Sudáfrica lamentan la decisión del Banco Mundial de efectivizar un préstamo a la empresa energética estatal Eskom, para la instalación de una central eléctrica a carbón en Lephalale, provincia de Limpopo. La suma asciende a 3.000 millones de dólares. “Mediante esta resolución, el Banco Mundial ha demostrado, muy claramente, que no tiene ninguna consideración por el estado del clima y el medio ambiente en el mundo, el futuro de Sudáfrica ni los principios económicos de transparencia y corrupción”, expresa un comunicado difundido por las dos entidades el jueves, enseguida de la aprobación del préstamo. “No es un prestamista responsable”, fustiga.
Eskom genera aproximadamente el 95 por ciento de la electricidad que se usa en Sudáfrica y en el entorno del 45 por ciento de la disponible en todo el continente, según dice la propia empresa en su sitio web. Genera, transmite y distribuye electricidad para clientes y redistribuidores industriales, mineros, comerciales, agrícolas y residenciales.
El proyecto de la central eléctrica de Medupi en Lephalale consta de 6 unidades con una capacidad instalada de 4.788 megavatios. Está previsto que la primera unidad esté pronta en 2012 y la última en 2015. Según Earthlife África Johannesburgo y GroundWork Amigos de la Tierra Sudáfrica, la planta a carbón emitirá alrededor de 30 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, en momentos en que la humanidad necesita reducir drásticamente sus emisiones contaminantes, causas del cambio climático. El préstamo que hace efectivo el Banco Mundial muestra que la entidad continúa con una política de negocios que agrava la crisis climática en lugar de impulsar a las economías en desarrollo a usar alternativas limpias y últimamente más baratas, como la eólica, solar o geotérmica, consideran las organizaciones.
Investigaciones locales e internacionales han establecido que el sur de África será de las áreas del mundo más afectadas por el calentamiento global, con sequías, extinción de especies, escasez de alimentos y propagación de enfermedades como la malaria.
El coordinador de Proyectos de Earthlife África Johannesburgo, Tristen Taylor, manifestó en el comunicado: “dentro de 20 años la gente mirará hacia atrás y verá este préstamo como una oportunidad perdida para un giro positivo del mundo. Eskom y el Banco Mundial han cometido el error monumental de no apreciar no sólo las circunstancias extremas en que la humanidad se encuentra, sino también la posibilidad de un desarrollo alternativo, más limpio y más eficiente”. “Los niños de hoy los juzgarán duramente en los próximos años”, advirtió.
Por su parte, el director de Groundwork Amigos de la Tierra Sudáfrica, Bobby Peek, alertó que “el costo ambiental y social de este desarrollo impactará en todos los sudafricanos porque las tres mayores fuentes de agua, los ríos Limpopo, Vaal y Senque, serán desviadas para hacer posible Medupi y otras centrales futuras”. “El Banco Mundial sabe que todo el país será afectado pero elige ignorarlo. Tendrá que rendir cuentas”, aseguró Peek.
miércoles, 28 de octubre de 2009
El Salvador: ¿Sequías o Inundaciones?

Unos 10 mil salvadoreños de 29 comunidades de la zona del Bajo Lempa han visto en los últimos años cómo se han registrado, debido a los efectos del calentamiento global, cambios sustanciales en sus vidas cotidianas. Estos campesinos que subsisten por la siembra del maíz, la base principal de su economía, viven ahora a salto de mata, entre las sequías extremas, las grandes inundaciones y los terremotos.
Así lo relató el dirigente José Santos Guevara, de la Asociación de Comunidades Unidas del Bajo Lempa, que presentó esta situación ante el Tribunal Internacional de Justicia Climática en la ciudad boliviana de Cochabamba.
Los afectados por el cambio climático que llegaron desde El Salvador denunciaron la negligencia de los últimos gobiernos de ese país, que se han caracterizado por actuar en forma reactiva ante los fenómenos climáticos, en lugar de aplicar políticas de prevención que permitan mitigar los efectos, generalmente devastadores para la economía familiar.
Por el contrario, según evaluó Santos Guevara, desde el Poder Ejecutivo se impulsa la construcción de grandes carreteras, la instalación de hidroeléctricas, las inversiones de minería a cielo abierto y la deforestación.
Un estudio que realizaron el año pasado organizaciones locales registró que el 45 por ciento de los habitantes de la zona del Bajo Lempa sufre algún tipo de enfermedad, fundamentalmente debido al consumo de agua contaminada. Una de las afectaciones más corriente es la insuficiencia renal, y también se han extendido los problemas respiratorios, según dijo.
La lucha de las comunidades de esta región salvadoreña lleva ya varios años, y ha incluido, entre otras cosas, movilizaciones a pie hasta la capital del país, San Salvador, para presentar reclamos ante las autoridades.
martes, 27 de octubre de 2009
Chile: Mujeres rurales proponen soluciones al Calentamiento Global
Marcha de ANAMURILas mujeres rurales de Chile consideran que un gobierno como el que conduce Evo Morales en Bolivia, tiene más sintonía política con las demandas de las comunidades que, por ejemplo, el que lleva adelante la chilena Michelle Bachelet.
Para Alicia Muñoz, presidenta de la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (Anamuri) de Chile, una buena elección de dirigentes para el Poder Ejecutivo también sirve para combatir problemáticas como el cambio climático y, finalmente, para salvar el planeta.
“Cuando elegimos a gobiernos que le llevan el pandero al mismo imperio que siempre nos ha aplastado con su bota, también estamos entregando todas nuestras riquezas a las grandes trasnacionales”, reflexionó la delegada chilena de La Vía Campesina, en el marco de la audiencia preliminar del Tribunal Internacional de Justicia Climática, desarrollado en la ciudad boliviana de Cochabamba. Allí hubo consenso en que la única solución posible para el calentamiento global tiene que tener en cuenta el modelo de desarrollo sustentable que se impulsa desde las comunidades rurales.
Para Muñoz, durante las gestiones de la denominada Concertación de Partidos por la Democracia, una coalición de centro que gobierna Chile desde 1990, han avanzado las industrias extractivas, el sistema de monocultivos y la hegemonía del gran capital. Por eso, en su intervención, la referente chilena se refirió a los impactos en el calentamiento global que tienen la minería, las grandes hidroeléctricas, la forestación y los agrocombustibles.
“Hay pueblos en el norte de Chile que ya no tienen agua para consumir, pero sí lo tienen las grandes mineras que siguen explotando la Cordillera de los Andes”, graficó la representante de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones Campesinas (CLOC).






